El Imaginario Mundo del Dr. Parnassus (2009)
Título Original: The Imaginarium of Doctor Parnassus
Género: Aventura, Fantasía, Misterio
Fecha de Lanzamiento: 2010-02-24 Ver otros estrenos de Febrero 2010
Duración: 122 minutos.
El circo ambulante dirigido por el Dr. Parnassus, da a la audiencia mucho más de lo que podrían esperarse. El Dr. Parnassus guía la imaginación de los espectadores, pero tiene un oscuro secreto. Hace mucho tiempo hizo un pacto con el diablo, el Sr. Nick, para conseguir la inmortalidad. Tras cono...
El circo ambulante dirigido por el Dr. Parnassus, da a la audiencia mucho más de lo que podrían esperarse. El Dr. Parnassus guía la imaginación de los espectadores, pero tiene un oscuro secreto. Hace mucho tiempo hizo un pacto con el diablo, el Sr. Nick, para conseguir la inmortalidad. Tras conocer a su verdadero amor, volvió a pactar con el diablo, esta vez prometiendo que cuando su primer hijo o hija cumpliera los 16 años, el Sr. Nick se apoderaría de él o ella. Ahora Valentina, su hija, está creciendo y el Dr. Parnassus hará lo posible para protegerla. Tras la muerte de Heath Ledger durante el rodaje, Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell finalizaron su trabajo, representando el mismo personaje a través de diferentes épocas.
Director: Terry Gilliam
Protagonistas: Johnny Depp, Andrew Garfield, Lily Cole, Tom Waits, Christopher Plummer, Heath Ledger, Colin Farrell, Jude Law
Productor: William Vince, Samuel Hadida
Guión: Charles McKeown
Editor: Mick Audsley
Música: Mychael Danna, Jeff Danna
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Crítica - Leonardo M. D'Espósito
Es muy sencillo descubrir un film de Terry Gilliam con sólo ver un par de fotogramas. Por lo general, tal característica suele citarse como virtud de cineastas importantes. Pero Gilliam, paradójicamente, es un cineasta menos bueno cuanto más se nota su estilo. El ex Monty Python y –sobre todo– dibujante tiene un amor enorme por el diseño, la caricatura, la historieta y la animación. Este amor es tan grande que, con frecuencia, se devora la historia. No sería un problema si se tratara de películas no narrativas, si sólo fueran experimentos visuales. Pero Gilliam además siente predilección por el cuento de hadas, por la fantasía y la frontera entre lo real y lo imaginario, con la ética y la iconografía tanto medieval como barroca. Cuando sus grandes angulares y sus miniaturas de cartulina se retiran un poco y dejan respirar a los actores –o, a la inversa, cuando toman por asalto todos los fotogramas hasta la locura– aparecen sus mejores películas: Doce monos, Las a Leer más Es muy sencillo descubrir un film de Terry Gilliam con sólo ver un par de fotogramas. Por lo general, tal característica suele citarse como virtud de cineastas importantes. Pero Gilliam, paradójicamente, es un cineasta menos bueno cuanto más se nota su estilo. El ex Monty Python y –sobre todo– dibujante tiene un amor enorme por el diseño, la caricatura, la historieta y la animación. Este amor es tan grande que, con frecuencia, se devora la historia. No sería un problema si se tratara de películas no narrativas, si sólo fueran experimentos visuales. Pero Gilliam además siente predilección por el cuento de hadas, por la fantasía y la frontera entre lo real y lo imaginario, con la ética y la iconografía tanto medieval como barroca. Cuando sus grandes angulares y sus miniaturas de cartulina se retiran un poco y dejan respirar a los actores –o, a la inversa, cuando toman por asalto todos los fotogramas hasta la locura– aparecen sus mejores películas: Doce monos, Las aventuras del barón Munchausen o Pescador de ilusiones (donde un notable Jeff Bridges sostiene la absurda, mágica trama) muestran esa capacidad. Cuando el estilo se impone y carece de trabas, los films naufragan en imágenes a veces bellas y a veces impactantes, pero sin peso propio, apenas tinglados (Pánico y locura en Las Vegas, Los hermanos Grimm). Quizás sea que no siempre puede extender el talento para la viñeta gráfica que mostró en sus aventuras con los Python. Nadie puede negar que su imaginación es frondosa y su capacidad de invención gráfica superior a la media del cine actual. Sólo que son capacidades ajenas –o no privativas– al cine mismo.
Parnassus cuenta una historia que, más allá de sus vueltas de tuerca complicadas, sus visiones barrocas y sus invenciones oníricas, es simple: un hombre inmortal (Christopher Plummer) juega varias apuestas con el Diablo (Tom Waits). La última implica perder a su hija al cumplir 16 años: para salvarla, debe conquistar “para el bien” a cinco almas. Y, por azar, recibe la ayuda de un hombre amnésico (o no tanto) que es, también, un pícaro (Heath Ledger, realmente notable y maduro como actor). El “Imaginario” es un espejo: del otro lado, como en la Alicia de Lewis Carroll (obra a la que Gilliam aludió en su primer film, Jabberwocky) espera el mundo de los deseos y las tentaciones, creado a puro juego digital. Allí las almas se pierden o se salvan y allí es donde se juega ese continuo pasaje de lo real a lo fantástico típico de los films del realizador.
El gran problema de la película es que, justamente, estas secuencias son de gran inventiva, pero llegar a ellas se hace narrativamente trabajoso. Como si el film no comenzara nunca, tarda en exponer su asunto mucho más de lo que la imaginación del espectador en comprender la historia. Así, la digresión involuntaria que surge para darles espacio a las invenciones gráficas termina funcionando como ripio, como interrupciones (a veces bellas, a veces cautivantes) en el fluir de una trama que se disfraza de profunda cuando sólo es engorrosa. La realización y la actuación (ver al notable Verne Troyer, aquel “Mini Me” de Austin Powers, en un rol perfecto) son en general sólidas. Aun si el film total carece de forma.
Fuente: Crítica - Leonardo M. D'Espósito Escribiendo Cine - E. Obregon
Promocionada en todo el mundo por ser la película póstuma del actor Heath Ledger, el nuevo opus de Terry Gilliam es una nueva incursión del realizador en los universos paralelos, muchas veces esenciales para enriquecer la experiencia mundana.
El film comienza con la rutina de magia que llevan a cabo el doctor Parnassus (un monje milenario, interpretado con convicción por Christopher Plummer), su hija adolescente (Lily Cole), y dos ayudantes (un joven y un histriónico enano). Espectáculo de feria tan anacrónico como singular, no consigue la atención del público al que parece estar dirigido, que se divide entre los apáticos y los desentendidos. Claro que tanto unos como otros ignoran que tras el espejo que promociona el asistente del doctor, en verdad se encuentra su desbordante mundo imaginario. Hasta que un día la particular troupe se topa con un hombre a punto de morir ahorcado (Heath Ledger) y este encuentro no tardará en encontrar relación con el pacto que Parnassus re Leer más Promocionada en todo el mundo por ser la película póstuma del actor Heath Ledger, el nuevo opus de Terry Gilliam es una nueva incursión del realizador en los universos paralelos, muchas veces esenciales para enriquecer la experiencia mundana.
El film comienza con la rutina de magia que llevan a cabo el doctor Parnassus (un monje milenario, interpretado con convicción por Christopher Plummer), su hija adolescente (Lily Cole), y dos ayudantes (un joven y un histriónico enano). Espectáculo de feria tan anacrónico como singular, no consigue la atención del público al que parece estar dirigido, que se divide entre los apáticos y los desentendidos. Claro que tanto unos como otros ignoran que tras el espejo que promociona el asistente del doctor, en verdad se encuentra su desbordante mundo imaginario. Hasta que un día la particular troupe se topa con un hombre a punto de morir ahorcado (Heath Ledger) y este encuentro no tardará en encontrar relación con el pacto que Parnassus realizó con el mismísimo demonio (un Tom Waits en clave Aníbal Pachano). Dicho pacto vencerá cuando su hija alcance la edad de dieciséis años, momento en el que la joven se convertirá en propiedad del diablo.
Escrita en colaboración con Charles McKeown (en Brazil -1985- y La aventuras del barón Munchausen -The Adventures of Baron Munchausen, 1988- ya habían trabajado juntos), la película estuvo a punto de ser abandonada tras la muerte del célebre actor. No hubiera sido la primera vez que Terry Gilliam hubiera dejado un film inconcluso, tal es el caso de su transposición de Don Quijote. Si el proyecto persistió, fue gracias a que el rol del actor fue “completado” por sus amigos. Pero qué amigos: Jude Law, Colin Farrell, y Johnny Depp. En términos de verosimilitud, se trata de una jugada de riesgo que salió bien. Cada vez que el personaje ingresa al mundo imaginario, su rostro muta. Claro que el mecanismo no aplaca ciertas falencias narrativas.
A partir de la irrupción del personaje en la vida de Parnassus, el relato se bifurca hacia la reconstrucción de la identidad del mismo, crucial para la resolución del film. Una línea de la película que no termina de articularse con las secuencias del desbordante mundo, fascinantes la más de las veces, pero un tanto reiterativas y disgregadas de la totalidad del metraje.
Película irregular casi por antonomasia, no deja de ser un acierto que la versatilidad del realizador por construir mundos paralelos también se ajuste a la composición del “mundo Real”. La Londres contemporánea es el reverso del mundo colorido y surrealista de Parnassus. Espejo deformado de aquel, como todo en la filmografía del director, no deja de presentar dos caras. La primera es la que vemos desde el comienzo, la de una metrópolis desangelada y miserable, en donde la modernidad no es sinónimo de bienestar. El otro costado está relacionado con la visión de la hija de Parnassus, tal vez la más condescendiente, emparentada con la confianza en la familia y el mercado. Una visión real y a la vez optimista. Al fin de cuentas, desde ese mundo Terry Gilliam piensa sus realizaciones. El final encontrará a su milenario hechicero ajustando cuentas con ese mundo. ¿Se encontrarán?
Fuente: Escribiendo Cine - E. Obregon
Cada vez que se mira en el espejo del carromato con el que recorre Londres al frente de una extravagante compañía de teatro ambulante, el doctor Parnassus podría reconocer tranquilamente del otro lado la imagen de Terry Gilliam. Ese personaje de edad imprecisa que sueña con la inmortalidad a cambio de un pacto con el mismísimo Diablo refleja el perfil de su creador.
Estamos ante el film más autobiográfico de Gilliam, con las virtudes e imperfecciones de su trabajo creativo elevadas a la máxima potencia. De un lado, una portentosa capacidad para construir toda clase de estímulos visuales y trasladarnos desde allí hacia mundos fantásticos y siempre sorprendentes. Del otro, la anarquía narrativa y el desinterés por la lógica del relato, enteramente subordinado a un aluvión de imágenes sugestivas, hipnóticas y embrolladas.
Al mundo fantástico de Parnassus y su troupe (una hija, un enano, un torpe asistente) llega Tony, rescatado cuando estaba con la soga al cuello. Leer más Cada vez que se mira en el espejo del carromato con el que recorre Londres al frente de una extravagante compañía de teatro ambulante, el doctor Parnassus podría reconocer tranquilamente del otro lado la imagen de Terry Gilliam. Ese personaje de edad imprecisa que sueña con la inmortalidad a cambio de un pacto con el mismísimo Diablo refleja el perfil de su creador.
Estamos ante el film más autobiográfico de Gilliam, con las virtudes e imperfecciones de su trabajo creativo elevadas a la máxima potencia. De un lado, una portentosa capacidad para construir toda clase de estímulos visuales y trasladarnos desde allí hacia mundos fantásticos y siempre sorprendentes. Del otro, la anarquía narrativa y el desinterés por la lógica del relato, enteramente subordinado a un aluvión de imágenes sugestivas, hipnóticas y embrolladas.
Al mundo fantástico de Parnassus y su troupe (una hija, un enano, un torpe asistente) llega Tony, rescatado cuando estaba con la soga al cuello. Este giro argumental agrega un elemento inquietante al film, ya que el personaje es interpretado por Heath Ledger, cuya muerte en medio del rodaje agregó misterio e incertidumbre a una trama que Gilliam debió modificar sobre la marcha como un prestidigitador. Curiosamente, la vuelta de tuerca resultó provechosa, ya que el personaje finalmente atraviesa el espejo y encuentra al otro lado, a través de tres variantes del personaje (encarnadas con riqueza de matices por Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell) cierto vuelo y una riqueza de matices que de otra manera quizás no se hubiesen alcanzado.
Sólo en ese atractivo tramo final el viaje de Parnassus parece cobrar movimiento y escapar a una rigidez sólo en parte disimulada por la ilimitada creatividad visual de Gilliam, que no deja de sacar conejos de su galera de trucos mientras a su alrededor no ocurre casi nada. Lo ayudan la autoridad interpretativa de Plummer, la juguetona composición del Diablo que hace Waits y la presencia ineludible del añorado Ledger, en cuyo rostro se ratifica esa rica mezcla entre intensidad y profunda melancolía de sus últimas y celebradas apariciones.
Marcelo Stiletano
Fuente: La Nación - M. Stiletano
Protagonista
468,500
EXCELENTE