La Isla Siniestra (2010)
Título Original: Shutter Island
Género: Drama, Suspenso
Fecha de Lanzamiento: 2010-03-10 Ver otros estrenos de Marzo 2010
Duración: 148 minutos.
Adaptación de la novela de Dennis Lehane. Ambientada en 1954, Teddy Daniels investiga la misteriosa desaparición de una mujer, internada en un hospital psiquiátrico por comportamiento criminal. Todas las pistas llevan a que presumiblemente ha huido a la remota Shutter Island.
Adaptación de la novela de Dennis Lehane. Ambientada en 1954, Teddy Daniels investiga la misteriosa desaparición de una mujer, internada en un hospital psiquiátrico por comportamiento criminal. Todas las pistas llevan a que presumiblemente ha huido a la remota Shutter Island.
Director: Martin Scorsese
Protagonistas: Mark Ruffalo, Jackie Earle Haley, Max von Sydow, Emily Mortimer, Elias Koteas, Leonardo DiCaprio, Ben Kingsley, Michelle Williams
Guión: Laeta Kalogridis (Novel: Dennis Lehane)
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Escribiendo CIne - Emiliano Basile
Se sabe: Martin Scorsese, además de ser uno de los más importantes realizadores contemporáneos, es un conocedor fanático de la historia del cine. En La isla siniestra (Shutter Island, 2010) apela a todos los recursos cinematográficos para darle al espectador un curso sobre realidad y representación, esa simbiosis que produce la magia del cine.
Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) es un policía enviado a Shutter Island, una institución psiquiátrica donde se albergan a los más peligrosos criminales demenciales, tras la pista de una misteriosa desaparición. En ella se irán desencadenando extraños sucesos que afectan la cordura de Teddy al mezclarse los hechos sucedidos con sus traumas del pasado.
El film comienza en el barco hacia Shutter Island, nos traslada junto con el personaje que interpreta Leonardo DiCaprio, quien está en el baño descompuesto y mirándose al espejo. A través del mismo, y en un inteligente mecanismo de identificación que nos propone Scorsese, Ted Leer más Se sabe: Martin Scorsese, además de ser uno de los más importantes realizadores contemporáneos, es un conocedor fanático de la historia del cine. En La isla siniestra (Shutter Island, 2010) apela a todos los recursos cinematográficos para darle al espectador un curso sobre realidad y representación, esa simbiosis que produce la magia del cine.
Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) es un policía enviado a Shutter Island, una institución psiquiátrica donde se albergan a los más peligrosos criminales demenciales, tras la pista de una misteriosa desaparición. En ella se irán desencadenando extraños sucesos que afectan la cordura de Teddy al mezclarse los hechos sucedidos con sus traumas del pasado.
El film comienza en el barco hacia Shutter Island, nos traslada junto con el personaje que interpreta Leonardo DiCaprio, quien está en el baño descompuesto y mirándose al espejo. A través del mismo, y en un inteligente mecanismo de identificación que nos propone Scorsese, Teddy nos devuelve la mirada a nosotros espectadores. Scorsese ya había utilizado este recurso enunciativo con Robert De Niro mirando el espejo retrovisor del taxi que conducía en Taxi Driver (1976).
Lo que este momento del film pone en evidencia, es el dispositivo cinematográfico. La mirada que condiciona la noción de realidad en el film, va a ser la mirada del protagonista. No importará mucho cuál sea la veracidad de los acontecimientos en la narración, sino cómo Teddy los mira.
Este juego de realidad y representación, es la base del dispositivo cinematográfico en el sistema clásico que utiliza Hollywood desde su época de oro. Su funcionamiento consistía en ocultar todo artificio que nos demuestre que estamos frente a una representación. De este modo tomamos la representación como realidad. Es por ello que La isla siniestra, luego de ese juego de miradas, propone una historia clásica en su construcción, para hacer entrar lentamente al espectador en la isla en cuestión y los desconcertantes sucesos que allí ocurren. Primer engaño.
Una vez que Martin Scorsese expone mediante este recurso al enunciador (o sea Teddy) el clasicismo atrapa por completo al espectador. A partir de allí, el director de Cabo de Miedo (Cape Fear, 1991) vuelve a engañar al espectador incluyendo elementos surrealistas que subrayan la subjetividad del protagonista, como si lo demás que estamos viendo en pantalla no dependiera de ella. Segundo engaño.
Y lo grandioso, es que mas allá de percibir -o no- todos los "trucos" cinematográficos -en el buen sentido- utilizados para atrapar al espectador, el espectador termina rindiéndose al placer audiovisual que provoca el film, dejándose llevar por la historia y gozando con ella de principio a fin. O sea, dejándose engañar. La magia del cine.
Desde este punto de vista, La isla siniestra produce el mismo efecto que El Resplandor (The Shining, 1980) dirigida por Stanley Kubrick. Una historia de terror y locura que en manos de cualquier otro cineasta hubiera sido un film de género mas, pero gracias al aporte de su realizador -en este caso Martin Scorsese- termina siendo una obra que además de entretener habla del cine desde el cine. Quizás con el tiempo se convierta en clásico también.
Fuente: Escribiendo CIne - Emiliano Basile
La isla siniestra no plantea, como tantos thrillers , un rompecabezas de esos que invitan al espectador a poner en juego sus habilidades de detective y tratar de descubrir por vía racional, mientras la acción transcurre, el enigma que sólo se descifrará al final. Se trata más bien de otro tipo de trama intrigante: aquella que zigzaguea constantemente, aconseja no confiar demasiado en nada de lo que se ve y pide paciencia para aguardar el sorpresivo giro que traerá el desenlace revelador. El problema, en estos casos, está en determinar si el impacto de la sorpresa justifica o no tanta espera. Habrá opiniones divergentes.
Entre la aventura actual que vive el protagonista -un alguacil que ha sido enviado en misión oficial para investigar la desaparición de una paciente en una isla-colonia psiquiátrica de Nueva Inglaterra- y las afiebradas alucinaciones que lo aquejan y que tienen que ver con trágicos acontecimientos de su pasado, es difícil establecer dónde empieza lo r Leer más La isla siniestra no plantea, como tantos thrillers , un rompecabezas de esos que invitan al espectador a poner en juego sus habilidades de detective y tratar de descubrir por vía racional, mientras la acción transcurre, el enigma que sólo se descifrará al final. Se trata más bien de otro tipo de trama intrigante: aquella que zigzaguea constantemente, aconseja no confiar demasiado en nada de lo que se ve y pide paciencia para aguardar el sorpresivo giro que traerá el desenlace revelador. El problema, en estos casos, está en determinar si el impacto de la sorpresa justifica o no tanta espera. Habrá opiniones divergentes.
Entre la aventura actual que vive el protagonista -un alguacil que ha sido enviado en misión oficial para investigar la desaparición de una paciente en una isla-colonia psiquiátrica de Nueva Inglaterra- y las afiebradas alucinaciones que lo aquejan y que tienen que ver con trágicos acontecimientos de su pasado, es difícil establecer dónde empieza lo real y dónde el delirio. Tal ambigüedad, que -puede sospecharse- Scorsese habrá querido utilizar también para interrogarse sobre las borrosas fronteras de la realidad, es la que alimenta el suspenso de su film, concebido como homenaje al cine negro de los cincuenta (la historia transcurre en esos años), pero también al viejo terror de clase B con sus personajes tenebrosos, su horror psicológico y sus fundamentos vagamente psicoanalíticos.
La novela de Dennis Lehane le proporcionaba todos los elementos necesarios: una isla escarpada, muy poco accesible y azotada por todos los vientos; en ella, un viejo fuerte de la Guerra Civil reciclado como hospital para enfermos mentales con antecedentes criminales; un misterioso faro; pacientes que vagan por parques y corredores como zombies rigurosamente custodiados por una multitud de enfermeros; científicos que ensayan nuevas terapias, y por todas partes la memoria fresca del horror nazi y sus experimentos médicos y la paranoia creciente de los años de la Guerra Fría. De la historia que se desarrolla a partir de la llegada del alguacil (DiCaprio) y su colega (Mark Ruffalo) poco puede decirse sin correr el riesgo de revelar lo que debe ignorarse.
Scorsese saca buen partido del material, pone al servicio de la historia su talento para traducir en imágenes y sonidos el clima de perturbadora incerteza que la gobierna y vigila la solidez de la construcción, que admite unos cuantos flashbacks -quizá demasiados- en los que cabe algún toque surrealista. Por cierto, hay más grandilocuencia que sutileza: no podría esperársela teniendo en cuenta el cine que toma como referencia, pero el relato, aun con su frialdad, se sigue con interés, al menos hasta el desenlace. El énfasis en la banda sonora y la intensidad que se busca en la interpretación resultan más de una vez excesivos. En cambio, son admirables los aportes de Dante Ferretti en el diseño de producción y de Robert Richardson en la fotografía.
Fernando López
Fuente: La Nación - F. López Crítica - Leonardo M. D'Espósito
El espectador atento de los films de Martin Scorsese sabe que la paranoia es un rasgo constitutivo de sus héroes o antihéroes (de hecho, sus personajes son más lo segundo que lo primero). Del seminal Harvey Keitel de ¿Quién golpea a mi puerta? al Howard Hughes recreado por Leonardo DiCaprio en El aviador, pasando –especialmente– por todos los De Niro de su cine, el protagonista scorsesiano siempre actúa como si el mundo fuera una vasta conspiración en su contra. Hay otra tendencia en el cine de Martin Scorsese: la de recuperar la gloria del cine clásico estadounidense. Se sabe de su esfuerzo por restaurar películas, de su voraz apetito por ver todo cine posible, de las citas que pueblan sus películas. De hecho, es difícil no reconocer detrás de una secuencia cualquiera de sus films otra, anterior y clásica, funcionando no como molde –Scorsese no copia ni plagia– sino como referencia a un acervo y a un hacer. En ese sentido, el cine de Scorsese es literalmente conse Leer más El espectador atento de los films de Martin Scorsese sabe que la paranoia es un rasgo constitutivo de sus héroes o antihéroes (de hecho, sus personajes son más lo segundo que lo primero). Del seminal Harvey Keitel de ¿Quién golpea a mi puerta? al Howard Hughes recreado por Leonardo DiCaprio en El aviador, pasando –especialmente– por todos los De Niro de su cine, el protagonista scorsesiano siempre actúa como si el mundo fuera una vasta conspiración en su contra. Hay otra tendencia en el cine de Martin Scorsese: la de recuperar la gloria del cine clásico estadounidense. Se sabe de su esfuerzo por restaurar películas, de su voraz apetito por ver todo cine posible, de las citas que pueblan sus películas. De hecho, es difícil no reconocer detrás de una secuencia cualquiera de sus films otra, anterior y clásica, funcionando no como molde –Scorsese no copia ni plagia– sino como referencia a un acervo y a un hacer. En ese sentido, el cine de Scorsese es literalmente conservador. La combinación de estas ideas lleva a pensar que su gran dilema es si prefiere vivir en el mundo real o en el cine. La isla siniestra, que parece un film de suspenso y misterio con elementos quizás sobrenaturales, es su película más autobiográfica. Y es la primera en muchos años donde toma una decisión en la persona de su protagonista: Scorsese decidió vivir dentro de las películas.
El film transcurre en una época de paranoia, el 1954 de la era McCarthy en los EE.UU. Dos agentes federales llegan a una isla en la costa de Boston para investigar la desaparición de una interna en una institución mental que alberga criminales locos. Teddy Daniels (DiCaprio) ha sufrido una tragedia familiar –perdió a su mujer en un incendio, o eso creemos al principio– y el lugar donde van está dirigido por un médico aparentemente bienintencionado –Ben Kingsley– que experimenta nuevas formas humanas de tratar a sus pacientes. O quizás es sólo una pantalla para experimentos aberrantes –de paso, Daniels combatió a los nazis y vio la liberación de Dachau; vio, con sus propios ojos, un campo de exterminio– del gobierno estadounidense encaminados a lavar cerebros y vencer a los comunistas. O algo diferente, como se insinúa y descubre en la vuelta de tuerca final de la película (porque sí, tiene algo de M. Night Shyamalan la construcción tendiente a la sorpresa).
El film tiene problemas de construcción y tono. DiCaprio parece demasiado crispado y algunos de los personajes, demasiado caricaturescos (el profesor de Max Von Sydow). Estos “desarreglos” de la trama se justifican en parte por la sorpresa final. Y en parte no: DiCaprio está lejos del aspecto adulto que requiere su personaje. Pero en el fondo, el verdadero tema, una vez despejadas las incógnitas de tipo político y las policiales, es si optar por la vida real o por la construcción fantástica del cine. La obsesión por el Oscar que capturó hace años a Scorsese tiene que ver con eso: para el realizador, era la carta de ciudadanía en el mundo del cine tal como lo entendió siempre. Pero si Scorsese prefiere vivir dentro del cine, el problema es que ese cine parece ajeno, hecho de retazos y recuerdos de otros films, atravesado por la emoción genuina y por la invención sólo esporádicamente. Si la película funciona como film “de misterio” es más bien “a lo Boca”, empujando con fuerza en cada secuencia, sobrepoblada de elementos dramáticos o ambientales que causan un efecto visceral –pero en el fondo artificial– en el espectador. A veces, en medio de cada secuencia “potente” se cuela una emoción genuina, casi como pidiendo permiso. Pero lo que mantiene el interés es tratar de descubrir, como en un juego de ingenio, si lo que pasa es real o producto de la imaginación del protagonista. Scorsese termina sacando un empate por poco, con un gol de último minuto (producto de quebrar cierto clima infernal de la primera parte del film por otro más sosegado, como si el personaje pasara de la euforia a la depresión, pero cuya consecuencia es eliminar de cuajo el punto de vista del héroe) que explicita trabajosamente el misterio que viste la superficie del film. Y nos confiesa que la política, el psicoanálisis, los nazis, el crimen y hasta la religión como realidad y no como una ficción elegida le importan muy poco: prefiere vivir como un héroe dentro de las películas que como un monstruo (creador, que lo fue) en el mundo real. Scorsese, recuerde el espectador, siempre fue un documentalista que se encontró con la ficción casi por casualidad. La isla... no es más que un documental sesgado, el que Scorsese ya cree merecer.
Fuente: Crítica - Leonardo M. D'Espósito
Protagonista
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